
Chaouen es mi paraíso particular, el lugar al que me gusta retirarme huyendo de las prisas de la sociedad, del anonimato de la multitud y del mundo organizado como un hormiguero de cemento. En este pueblo marroquí me siento vivo y encuentro que cada día tiene un sentido. Allí me olvido de las pseudonecesidades creadas por el hormiguero y puedo llegar a ese estado benéfico que consiste en darse cuenta de que no hace falta nada más para sentirse bien que sentirse bien.
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